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  Calamaro, la Real Sociedad y yo mismo
  Entrevista XLSemanal
 

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ANDRÉS CALAMARO
«He sido adicto a la mala vida, pero me he domesticado»

JUAN MILLÁS


Tras sumergirse en los infiernos del `rock´, el músico argentino ha cambiado. Las drogas duras han quedado a un lado, está enamorado y, a sus 45 años, va a ser padre por primera vez. Después de seis años ha recuperado la inspiración. Saca disco con canciones propias.



Son las once de la mañana. Andrés Calamaro acaba de despertar en un hotel frente al Retiro madrileño. No hace 24 horas estaba en Buenos Aires. Con 45 minutos de retraso llega a la cita; un café en la mano y, en su rostro, los efectos del jet lag reducen, más si cabe, sus ojitos de antigua rapaz nocturna. Los mismos que siempre protege de los fotógrafos. Calamaro, dicen, sufre de ‘grabadorafobia’. Tal vez es la larga ausencia de cocaína en sus fosas nasales –«dejar las drogas es complicado. No tengo nostalgia de la farlopa», confesaba a una revista argentina–; o quizá se cansó, sin más, de ver su turbulenta vida reflejada en los papeles. El músico que hablaba y hablaba, el de las largas reflexiones de incierto final, discursa despacio, mastica, medita las palabras, estirando unas pausas eternas, como si después de haber creado más de mil canciones, hubiera conquistado el silencio. En realidad, sus conquistas son otras, y aparecen en El Palacio de las Flores (DRO) –«un disco sentimental, irónico, por momentos heroico, nacional», anuncia el autor–, su primera recopilación de canciones propias en casi siete años. Con él, este salmón con apellido de calamar, músico, intérprete y compositor aficionado a nadar a contracorriente, completa su año de aclamado regreso. Enamorado, a punto de ser padre a sus 45 años, desterradas las drogas duras de su vida, Andrés se conoce a sí mismo mejor que nunca y accede a contestar cuestiones que hace bien poco lo hubieran enojado. Al final, parece incluso haberse olvidado de la grabadora. «Vivo el mejor momento de toda mi vida», advierte con una sonrisa.



XLSemanal. Este disco, creo, es el más alegre que ha grabado nunca, ¿está de acuerdo?
Andrés Calamaro.
[Se toma su café y su tiempo. Remueve la cucharilla] Es verdad. Sin embargo, algunas de las canciones están escritas en mis años más locos. [Sorbe, hace una pausa] Fueron canciones luminosas escritas para alumbrar tiempos oscuros.

XL. En la época de El salmón (quíntuple CD de 103 canciones, editado en 2000) criticaba la industria. Este año no han dejado de darle premios. ¿No es un poco contradictorio?
A.C.
Creo que la música es de todos, pero también es lindo sentirte apoyado por tu compañía [pausa]. El salmón fue un disco muy atrevido, una locura en términos industriales. Yo vivía en anarquía personal, pero en un momento artístico y poético muy fértil. Fue el último gesto de una época.

XL. Usted es una persona, más bien, tensa. Después de cinco años sin actuar, ¿cómo vivió su regreso, hace un año?
A.C.
Fue en 2005, en el Festival de Cosquín, gran cita de la música argentina [pausa]. Traté de tomármelo con la mayor tranquilidad, pero fue una tortura. Sólo pensaba en terminar e irme a casa. Siempre pienso en el fallo, tengo una memoria horrible, me daba miedo que se me olvidaran las letras.

XL. Salió con chuleta, ¿se le habían olvidado sus letras?
A.C.
Bueno, eso te da una idea de cómo fue todo. Ten en cuenta que no sé ni cuántas canciones habré escrito. Además, había perdido un poco la costumbre, y el canto como instrumento es bastante frágil. Un aire acondicionado, una borrasca… pueden complicarte las cosas para el día siguiente.

XL. El público, sin embargo, sí que se sabía todas sus canciones, incluso las más oscuras. ¿Le sorprendió?
A.C.
Fue glorioso. Las canciones sonaban heroicas, como himnos, todos cantando conmigo. Cinco años atrás, las cosas no eran tan grandes. Después de todo ese tiempo encontrar esa emoción, la gente [le tiembla la voz]...

XL. Luego tocó por España y Argentina, y entonaba estos versos de José Hernández: «Gracias le doy a la Virgen / gracias le doy al Señor / porque entre tanto rigor / y habiendo perdido tanto / no perdí mi amor al canto / ni mi voz como cantor». ¿Llegó a tener miedo de haber perdido su don en el camino?
A.C.
Estos versos de Martín Fierro lo dicen todo [pausa]. Me alejé tanto de los escenarios que llegó un momento en que ya no los vislumbraba, no me veía ahí arriba. 2005 fue un año clave en mi vida, porque volví a la competencia de forma rotunda. Y volví a ponerme en forma ante el público. La única manera de recuperar el tono son horas de escenario y, en lugar de entrenarme en locales chicos, me adoptaron los Bersuit [los rockeros que lo convencieron para volver a actuar] y pasamos directamente a hacer conciertos para 20.000 personas. 

XL. Llegó a comentar que ya era un ex músico. ¿Tan duro fue?
A.C.
No es fácil cantar. Es muy bonito, pero en cuanto uno no se siente ideal, se pone más complicado [pausa]. Aunque aquello, más bien, fue una reflexión fruto de un estado de ánimo. Sí le puedo decir que me he transformado en un músico nuevo. Ya no fuerzo la inspiración, y lo bueno es que sigue llegando. De hecho ya he escrito las canciones de mi próximo disco, con un teclado en la ciudad de Rosario, a orillas del río Paraná, mientras mi mujer [la actriz Julieta Cardinali] rodaba una película.

XL. ¿Se ha casado?
A.C.
No. Estoy en pareja formal, digamos que casado, pero más como concepto.

XL. En esos conciertos, al cantar los versos de El cantante, de Rubén Blades: «Mucha gente que comenta, oye, Andrelo, tú estás hecho siempre con hembras y en juerga», añadía con urgencia: «¡Eso era antes, eso era antes!». ¿Iba por ella?
A.C.
[Suelta una carcajada] Claro, es el reflejo de la sumisión de la vida familiar. La verdad es que yo era otra persona hasta que conocí a mi mujer, la más linda del mundo.

XL. Incluso ha pensado, por primera vez, en ser padre, ¿no?
A.C.
Así es, voy a tener una beba. Será mi primera experiencia como padre y también de mi hija como persona [risas].

XL. Antes, lo de la paternidad era un asunto del que no le gustaba hablar.
A.C.
Pues sí [pausa], pero ahora estoy feliz.

XL. ¿No le da vértigo, el tembleque del padre?
A.C.
Tengo que reconocer que el trabajo duro se lo lleva mi mujer, sin duda [risas]. Yo la acompaño lo mejor que puedo. Mi parte es más entretenida, más tierna, compro las zapatillas Adidas en miniatura [hace un gesto con los dedos pulgar e índice indicando el tamaño], es estupendo.

XL. Quién le iba a decir hace unos años que estaría hablando de su hija. La vida da muchas vueltas, ¿no?
A.C.
Las cosas en la vida van llegando de forma natural [pausa]. Sobra decirlo, pero es mucho mejor que los cambios lleguen por uno mismo antes de que haya que pasar por hospitales. La transición a una vida más sana y familiar es de las más bonitas que me va a tocar vivir. El tiempo que pasa para mí es el tiempo que pasa para todos, ¿no?, y todos, en un momento dado, vamos a sentir que la máquina ya no funciona tan bien.

XL. «Mi método para escribir no es algo que recomiende a los niños.» Ahora que va a tener una hija, ¿le preocupa que siga su camino?
A.C.
[Serio] Bueno, sería un poco criminal empujarla, o a cualquier niño, por ese camino; era muy intenso, poco sano.

XL. Hasta este disco, El Palacio de las Flores, siempre había escrito ayudado por drogas, alcohol, etc. ¿Le ha costado más?
A.C.
[Pausa] Sí, sí, es diferente, más difícil [silencio].

XL. Componía casi sin parar, encerrado en casa. ¿Se ha tranquilizado o sigue a ese ritmo tan intenso?
A.C.
No, no, ya no, para nada [pausa]. En los últimos años actué como encerrado en un laboratorio, renunciando al aplauso y me perdí algunas cosas. Afortunadamente, he dejado atrás mi etapa cientifista y tengo una vida nueva. Me he domesticado un poco, tengo más cosas que hacer y una familia...

XL. Lo de los hospitales que dijo antes me recuerda a su amigo Joaquín Sabina, que sí que pasó por el hospital...
A.C.
Sí, sí, es que el cuerpo tiene sus límites, pero, bueno, son esos momentos en la vida. Los cambios, la renovación lo que te da, o permite, es recuperar la alegría. Sabina es un amigo, compartíamos el ambiente y los horarios [risas] en el barrio de Malasaña, donde viví. Recuerdo el sonido de las Harley Davidson en la calle Espíritu Santo y el ambientillo del barrio. Era fantástico.

XL. Hablando de recuperaciones y de amigos, ¿usted cree en Dios o en Maradona?
A.C.
[Risas] Creo en Maradona, porque lo vi, lo he sentido, pero tampoco quiero cargarlo con esa responsabilidad. Allá le dicen que es Dios, pero es una carga demasiado pesada y ya tiene bastante.

XL. ¿Cómo se conocieron?
A.C.
A través de Fito Páez. Me llevó a visitarlo a la concentración antes del Mundial de EE.UU., el último que jugó y, bueno, yo no sabía a quién íbamos a visitar, ni siquiera adónde me estaban llevando. Así que me llevaron y era Maradona. Luego aparecieron unas cámaras de televisión y llegó una guitarra. Estábamos abrigados, hacía frío y era al aire libre porque no nos dejaron entrar en la concentración y allá tocamos algunas canciones. Estimo que debe de ser un artículo de alta rotación en el YouTube. Está grabado. Y después Fito fue un muy buen anfitrión de un encuentro íntimo y privado. Cantamos algunos temas en el piano y después él me llevó al hotel y nos hicimos amigos. Vino a las grabaciones de Honestidad brutal (1999) y está su voz ahí, presentando una de las canciones, que lleva su nombre. Es un hombre que se emociona, vive con intensidad.

XL. ¿Se siguen viendo?
A.C.
Toqué Maradona, mi canción, en su cumpleaños. Me gustó mucho, con toda su familia emocionada. Lo quiero. Siempre ha sido muy bueno conmigo. Me alegro mucho de que se haya recuperado.

XL. Siempre le canta a su país, pero en este disco hay más Argentina que nunca. ¿Se le hace cada vez más necesario?
A.C.
[Pausa] Ya le había cantado a mi país otras veces, pero sí. Alguien dijo: pinta tu aldea y serás universal [León Tolstoi]. Son canciones serias, como El punto argentino, aunque tenga nombre de parrilla…

XL. ¿Perdón?
A.C.
Claro [risas], el punto argentino es el punto para comer la carne a la parrilla. El título viene de ahí [risas]. Pero es una canción nacional, importante; crítica, pero patriótica.

XL. También canta que el premio que la vida le dio ha sido conservar la estupidez y la salud, ¿así lo ve?
A.C.
Sí, pero no precisamente en ese orden [risas]. Sin salud es difícil seguir y la estupidez implica que la vida no ha dejado de ser imprevisible, aunque mucho menos, claro.

XL. En un verso de El Palacio de las Flores dice: «Cuidado con las palabras que terminan con ‘-ina’», ¿lo dice por experiencia?
A.C.
Sí [da una carcajada], sé mucho de eso, y seguido canto: «Yo también quiero mucho a Argentina». Es gracioso porque entre las palabras terminadas en ‘-ina’, ésas tan tóxicas y peligrosas, una de ellas es Argentina.

XL. ¿Es la más tóxica y peligrosa de todas?
A.C.
[Risas] Le diré que es la que mejor me sienta. La canción es un texto en el que cuento episodios de mi infancia, el padre de un amigo que lo desaparecieron [pausa]... Termina siendo una radiografía de los asuntos sociales de mi país. Yo vivía a la vuelta de este lugar llamado El Palacio de las Flores, y fue el primer local, que yo sepa, donde tocaban cumbias.

XL. ¿Bailaba cumbias? Es usted una caja de sorpresas...
A.C.
No, no [suelta una carcajada], yo de jovencito participaba en movidas culturales más elitistas. En esos años, mi hermana se casó con uno de los de Les Luthiers y pasaban por mi casa. La movida subtropical no era un movimiento de vanguardia, precisamente [risas], que era por donde yo me movía. Hoy, la cumbia es un género de gran calado, pese a su origen marginal, de las villas [barrios de chabolas], la cumbia villera. Muchos futbolistas traen a Europa sus CD de cumbia. De hecho, el gremio del fútbol está bastante dividido entre los que escuchan rock y los que escuchan cumbia.

XL. Donde sí que coinciden todos los futbolistas es en el punto argentino, están siempre haciendo parrillas, ¿no?
A.C.
Ahí sí, en el asado coincidimos todos [risas].

XL. Regresó a Argentina hace ya unos años, ¿cómo la ve?
A.C.
Ahora, Buenos Aires es una ciudad turística. Ya la gente acá está acostumbrada, pero en Argentina es una novedad y a mí me cuesta ver tanto guiri en mi casa [risas].

XL. Cada vez, también, hay más pobres, muchos más que cuando usted se vino a España en el 90, ¿no?
A.C.
Socialmente, Argentina se encontró con una realidad más dura, en un punto más violento también, y con una mayor peligrosidad que, entiendo yo, también se extiende por todo el mundo. Cada país tiene su problema. La inmigración, la pobreza que se mueve, acá en Europa…

XL. ¿En Buenos Aires nota esa violencia, esa pobreza?
A.C.
Sí [pausa]. Pero yo allá vivo feliz entre la ciudad y los suburbios. Es que la ciudad, la vida urbana, ya tiene categoría de droga peligrosa para mí. El ruido, la contaminación...

XL. Y la vida nocturna, las adicciones que provoca la ciudad...
A.C.
Sí, toda mi vida fui adicto a la vida urbana, es verdad. La mala vida, que le dicen. Ahora, me gustan las cosas cotidianas, tomar mate por la mañana, lavar los platos, leer los periódicos, comprar la comida, ese tipo de cosas. Los amigos...

XL. Necesitaba escapar un poco de sí mismo, o algo así...
A.C.
[Pausa] La verdad es que ahora tres o cuatro días por semana los paso en el campo. Provincia de Buenos Aires. Durmiendo entre el silencio de los árboles. Buenísimo.

XL. ¿En Buenos Aires salía tanto como en Madrid?
A.C.
Bueno, yo nunca fui muy ‘salidor’, era mucho de quedarme en casa, pero digamos que, justo en el quiebre de los milenios, yo no era el prototipo de la vida hogareña [risas].

XL. «Ya cumplí con todos los tópicos del artista torturado, tóxico y sufridor», ¿qué le animó a dejar de serlo?
A.C.
Lo que siento es que cambié mi actitud. Hace unos años, yo era un tipo muy nocturno y tenía siempre unos problemas salvajes con los vecinos. En lo personal y en lo musical hay un antes y un después bastante claro respecto de mi adicción. En mi casa, en mi estudio casero, pasaron cosas que ni los Rolling Stones se atreverían a contar. Vivía en permanente conflicto siempre con alguien, con algunas personas en concreto. Sin nombres. Ahora encontré una mayor armonía [pausa] en este nuevo mundo de ley antitabaco [risas].

XL. A veces, la única forma de recuperar la estabilidad es perder el equilibrio, ¿no cree?
A.C.
[Pausa] Así es. Yo lo sé por propia experiencia. Para serle sincero, hubiera sacrificado algunas canciones para disfrutar antes de la vida que tengo ahora.

XL. ¿Existe el amor sin dolor?
A.C.
[Pausa] En algún momento duele.

XL. ¿Es verdad que le ha dado por jugar al golf?
A.C.
No, no es verdad. Me gustaría, pero es sólo una fantasía. Lo habré dicho algún día en broma [risas]. La verdad es que llegué a tener un palo de golf. Lo compré hace tiempo.

XL. Cuesta imaginárselo atacando el green...
A.C.
Más bien ataqué otra cosa [risas], a un amigo. Un día llegué a mi casa de Buenos Aires y me lo encontré en mi cama, durmiendo. Lo perseguí por toda la casa con el hierro 7.

XL. En su cama, dice, pero... ¿con alguien más?
A.C.
No, no, dormido. Si no igual le hubiera ido con algo más contundente [risas]. Era un buen amigo. Yo venía de Madrid, agotado, de madrugada y llegaba a mi casa para empezar a habitarla. Entré y allá estaba instalado. Lo perseguí con el palo de golf hasta que llegó la Policía. Los vecinos avisaron por el escándalo [risas]. Pero tampoco le llegué a hacer mucho daño.

XL. ¿Se resolvió ya el juicio por decir en un concierto, hace más de diez años, que se fumaría un porrito?
A.C.
Sí, sí, por fin. Fue un tema político. Era la Argentina de Menem y me usaron para desviar la atención sobre la corrupción. Hubo momentos muy pesados, me cacheó la Interpol un día justo antes de un concierto, y cosas así. La verdad es que con los juicios y problemas que tuve con mis vecinos ni me acordé hasta que me citaron para el mismo día del concierto en Luna Park [recogido en el disco El regreso, de 2005]. La vista fue televisada, fui absuelto y salí firmando autógrafos y todo.

XL. Y para terminar, una última curiosidad. Los músicos españoles, y usted también, han votado para una revista las mejores canciones del pop-rock español. La primera ha quedado Mediterráneo, de Serrat. ¿Qué le parece?
A.C.
Bueno, pop-rock no es, la verdad. El arte de Serrat, Paco de Lucía o Camarón, que también están en la lista, es otro terreno. Si habláramos de música española –o de esta región del mundo, o como haya que decirlo, que acá nunca se sabe [risas]–, ahí deberían estar, claro, ¡pero de rock! En fin. Yo voté por El calor del amor en un bar, de Gabinete Caligari. Para mí siempre fue uno de los grupos más interesantes, ya del mundo, no sólo de este idioma. Cuatro rosas, Camino Soria..., muy fino siempre Jaime Urrutia.

Fernando Goitia

 
   
 
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